Ccolumna de opinión escrita por: Marcela Díaz Duque, Directora de la  Fundación ORCA.

Es increíble saber que durante más de 100 años en Medellín, Colombia, nuestra ciudad, se han celebrado las corridas de toros, una actividad en la cual un bovino es sometido a todo tipo de vejaciones, a una muerte cruenta y dolorosa para el disfrute de la afición que inmisericorde asiste a observar sin pudor dicho sacrificio. Dicen algunos de los asistentes a este inefable acto de barbarie que esto hace parte de la cultura y tradición heredados del sometimiento a la corona española.

La Plaza de Toros de Medellín fue inaugurada en 1945 y acuñado su nombre en honor a la patrona de los Toreros, María Santísima de la Esperanza Macarena o la Virgen de la Macarena, cuyo altar mayor se encuentra en la ciudad de Sevilla en España donde reposa su imagen con cinco flores verde esmeralda prendidas a su pecho como un regalo de un torero sevillano: Joselito de Gallo.

Llama la atención de la imagen, su rostro doloroso con lágrimas que ruedan por sus rubicundas mejillas, quizás ¿representando acaso el dolor por toda la sangre derramada en su honor? Y es su rostro apesadumbrado, el emblemático ícono estipulado para servir de inspiración a todos aquellos “matadores” que asentados en la premisa de que aquel que “peca y reza empata”, ofrendan su “sacrificio” en honor de su patrona.

Así pues, la plaza de torturas de Medellín llegó a tomar el nombre de una de las advocaciones de la Madre de los hombres y de toda la creación (una total ironía).

La Plaza de torturas (con todo respeto, es mi forma de ver) la Macarena, ha sido un edificio histórico; en él y a sus alrededores se han gestado diferentes hechos de variado matiz en nuestra ciudad, incluso, es recordado como el epicentro de uno de los atentados perpetrados por el narcoterrorismo y también por el debate que generó la instalación de un techo a su estructura para convertirse en el lugar de realización de eventos artísticos y culturales que le propició un cambio de identidad hacia: Centro de espectáculos la Macarena, que debería ser sin lugar a dudas la razón de su reconocimiento.

Alrededor de esta emblemática estructura se han ceñido una serie de discusiones sobre todo dado el carácter de su objeto inicial, las corridas de toros, las cuales han visto menguada la participación del público que ha perdido interés en la actividad cruel y sanguinaria que se cierne en la arena de su redondel. Esto ha hecho que sus gestores deban acudir a una serie de estrategias de todo tipo, entre otras, llegando a regalar y rifar boletería para intentar darle un poco de colorido a las solitarias graderías.

No son solo comentarios, incluso los medios escritos relacionados con el sector taurino manifiestan la preocupación por las constantes pérdidas económicas que se incrementan año tras año. Álvaro Múnera, un concejal de Medellín de la bancada animalista, afirma que el ingreso promedio para 2017 y 2018 a las corridas de toros fue de 2 mil personas para un aforo de 15 mil. La decadencia es evidente.

Lee también: Por el fin de la alborada.

 

La Corporación Plaza de Toros la Macarena, Cormacarena, anunció en un comunicado de prensa, la cancelación de la temporada taurina Medellín 2019, y la liquidación de dicha corporación a causa de la venta del 51% de la participación que tenía el Hospital San Vicente Fundación sobre este Centro de espectáculos, generando así, la necesidad de liquidarla.

Esta comunicación fue aplaudida por muchos, entre otros, los que amamos la vida y que creemos que no hay cabida para la tortura y los espectáculos cruentos en una ciudad innovadora, pujante y armónica como lo ha sido Medellín; sin embargo, no pudo ser larga la alegría cuando en unas cuantas horas nos sorprendieron con una nueva noticia: la inyección de capital por parte de un empresario extranjero para la realización de unas cuantas corridas en la ciudad para el 2019.

Lamentable el giro que vuelve a presentarse en torno a esta decisión. Medellín y Bogotá fueron nichos que garantizaron la realización de hasta doce corridas por temporadas, ahora en su declive, se hablan de tres corridas para el 2019, intentando soportar lo insostenible.

Ante una pregunta hecha en redes sociales por parte de un medio local, manifesté mi posición frente a lo que considero un agravio a los valores y el sentido del respeto por la vida y la no violencia: la tauromaquia, ello me llevó a un debate con un supuesto torero y una seguidora de la causa, los cuales “capoteaban” con enjundia mis posiciones frente a la violencia en las corridas de toros; irrisoriamente, para mi forma de ver, ambos defensores argumentaban el sacrificio del torero y la valentía del mismo al enfrentar la muerte de cara a un toro bravío que según ellos, entregaba lo mejor de sí orgulloso de su casta para brindar un espectáculo de lujo. Sin palabras.

Jamás entenderé las razones por las cuales uno tiende a hacer daño a un animal o a otro ser vivo, de igual forma, jamás podré asimilar las razones que llevan a un ser humano a “divertirse” viendo a otro ser vivo padecer, ser acribillado, amilanado y humillado en un estado de indefensión, frente a otro ser vivo cuya valentía se esconde entre banderines y espadas. ¿Tocará soportar con impotencia otro año de matanzas?

Mientras tanto, seguiremos en la lucha por concientizar a las poblaciones acerca de la dignidad que los animales ostentan y su derecho al respeto y a su vida; Al menos, eso es lo que espero para una sociedad que clama justicia, que clama el fin de la violencia y de la maldad; la coherencia frente a los hechos donde la compasión sea una premisa de obligatorio cumplimiento en todos sus escenarios. Tendremos la esperanza de que sea por compasión (que debiera ser lo esencial) o por pudor, se logre alejar a las personas de la plaza que mancilla la vida con dolor y tortura sometiendo nuestra ciudad a una oda a la violencia.


Alcaldía de Medellín sobre la temporada taurina