Soy Sócrates, tengo 2 años y no soy un gato cualquiera… soy un gato bodegón. No, y no es por gordo, aunque me cuelgue la barriga y mis cachetes quieran explotar. En realidad me refiero a que poso para el lente de mi humano cada vez que me monto a la mesa a pedir comida. Doy vueltas y pongo carita de yo no fui al lado de la cesta con frutas artificiales… porque si de ahí sale una buena captura cual bodegón artístico, de seguro me dan un pedazo de carne y estaré muy feliz.

Nací en el barrio Niquitao de Medellín, soy blanco con café, y aunque muchos dirán que soy una chanda, mis buenos genes sí me mando y parezco de raza pura, así haya visto la luz por primera vez en uno de los sectores más deprimidos de la ciudad.

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Yo, Sócrates, extraño a mi mamá

Mi historia es parecida a la de miles de gatos. Mi mamá andaba la calle, aventurera ella, cazando y durmiendo en los tejares. Un día conoció a un gato y ¡tenga!, un embarazo no deseado. Mi madre, preocupada porque iba a tener a sus hijos en la calle, buscó ayuda hasta que dio con un hombre de buen corazón que la llevó a un apartamento donde había muchos perros y muchos gatos.

Allí pude nacer tranquilo, sin prisas. Recuerdo que tomé mucha leche y que era el más avispado de la camada. Casisito iba a cumplir los 3 meses cuando me sacaron de la comodidad del regazo de mi madre, me metieron a una caja negra y luego a un carro.

Un señor me decía: ‘allullú, Sócrates, tranquilo muñeco, tranquilo que no te va a pasar nada, vas para un nuevo hogar’. Pero me llevaban a mí solo, lejos de mi mamá, mis hermanos y el señor que nos dio una oportunidad para vivir. ¿Quién me daría cobijo en las noches de lluvia? ¿Cuándo volvería a ver a mi mama?

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Mi casita

Lloré todo lo que pude porque quizá, siendo un gato chillón, me devolvían. Pero no, mis esfuerzos fueron inútiles. Llegué a una nueva casa, donde había una gata blanca que me recibió con tres piedras en la pata: ni me dejó llegar la muy muy.

Como yo soy Sócrates y no le como cuento a nadie, la ignoré y empecé a explorar el nuevo hogar. Jugué con las cortinas, los muebles y marqué territorio en la caja de arena. Y esa gata detrás de mí… hasta que se cansó y comenzamos a jugar como si fuéramos unos cachorros. Ve, un momento: éramos unos cachorros.

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Días después llegaría otra hermanita y desde entonces lo que hacemos es pasar bueno: comemos, jugamos, dormimos. Comemos, jugamos, dormimos.

Amo mucho a mi familia y no me cambio por nada. Soy el rey de la casa, el emperador. Duermo donde me da la gana y corro cada vez que me quieren dar besos. Casco a los gatos vecinos para que sepan quién es el dueño del bloque y miro por la ventana cada vez que quiero ver la vida pasar.

Aún así me sigo preguntando: ¿dónde estará mi mamá?

 

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🙂